27 de septiembre de 2016

El Tercer Estado, hoy

La Revolución francesa se hizo porque quien más tenía, los privilegiados, Iglesia y nobleza, no pagaban impuestos. Quien sí lo hacía hasta la extenuación, eran todos los demás, el Tercer Estado.

Nuestra Chiesa Romana no es ya que no pague impuestos o disfrute de una inconcebible financiación con arreglo al Estado. Hete aquí que un día llegó José María, esa alma del mundo, propiciando la prerrogativa notarial de nuestro alto clero para inmatricular a su favor todas aquellas propiedades que no explicitasen su correspondiente anotación registral. Perdidas en el tiempo, miles de hectáreas, fincas, templos, casonas, solares…, hasta la Mezquita cordobesa del mismísimo Abderramán, media luna incluida, se sumaron al ya inmensurable caudal patrimonial del Estado eclesiástico católico que no paga impuestos en España. ¡Qué decir de nuestras grandes fortunas! Apenas vemos algunas de sus sombras proyectarse; ingrávidas y gentiles, como pompas de jabónA la espera de nuevos listados off shore que arrojen mayor luz fiscal, cabe recordar, a título ilustrativo, que a doña Cayetana, celebérrima y añorada duquesa de Alba, el IRPF le salía a devolver.

En su discurso sobre Ética Individual y Social, Bertrand Russell nos habla de la “falacia del administrador” refiriéndose a la trampa de considerar una sociedad como un todo sistemático: “Una sociedad no existe, o no debería existir, para satisfacer un examen externo, sino para procurar una vida decente a los individuos que la componen. Es en los individuos, no en el conjunto, donde ha de buscarse el valor último”. “El Estado es una abstracción –continúa Russell–; no experimenta placer ni dolor, no abriga esperanzas ni temores, y lo que consideramos sus propósitos son en realidad los propósitos de los individuos que lo dirigen (…) La glorificación del Estado resulta, de hecho, la glorificación de una minoría dominante”.

Cuando el falaz administrador nos dice que “no podemos gastar más de lo que tenemos” lo que en realidad piensa es que “no van a gastar más de lo que desean recaudar”. Si hay algo que saben, para eso están ahí, es quién tiene que contribuir y en qué medida, y quién no ha de hacerlo. Ser mayordomo del orden del mundo siempre resulta fácil. Basta con contemplar cómo la humanidad avanza que dice nuestro presidente en funciones. Lo hercúleo es cuestionar este orden; enfrentarse a la voluntad del poder. Porque hoy, al igual que hace dos siglos, y que hace cinco, de lo que trata toda esta divina comedia, es de que los abusos de cada época los siga pagando quien no los comete.