23 de noviembre de 2016

El sueño americano (De Sanders a Trump)

El Estado de Iowa es conocido por celebrar, cada cuatro años, el primer Caucus a la presidencia de los Estados Unidos. Cualquier ciudadano norteamericano interesado podría desplazarse hasta Iowa, organizar en sus 99 condados cuantos mítines deseara, presentarse a las elecciones y ganarse posteriormente la confianza de los seis grandes compromisarios o electores de este Estado, que en realidad no quedan sujetos al mandato de las urnas. A este imaginario candidato le quedarían otros 49 Estados más en los que pugnar, antes de disputar la carrera final hacia la Casa Blanca. Todo con su dinero, naturalmente.

Por regla general, los perfiles políticos más destacados (gobernador de un Estado, miembro de la Cámara de Representantes, Senador, etc) suelen presentar sus candidaturas al aparato de uno de los dos grandes partidos. Lograda su confianza, el precio del camino hacia la Casa Blanca se ve sensiblemente reducido al verse financiado por donaciones privadas: corporaciones financieras, industria armamentística, farmacéuticas o grandes empresas estratégicas que se decantan, o no, por el aspirante en cuestión, en función de su particular predisposición hacia futuros proyectos. Do ut des.

En la carrera por el liderazgo del Partido Demócrata inmediatamente anterior a las elecciones presidenciales que acaban de celebrarse, un distinguido outsider, Bernie Sanders decidió lanzarse al ruedo reclamando para su país enseñanza universitaria pública gratuita, un sistema de salud público universal, inversión en infraestructuras; hasta vacaciones pagadas o bajas por enfermedad. Obama no se atrevió a tanto. Un ilustre verso suelto reñido, claro está, con las fuerzas vivas de la nación. Para sorpresa de medios y aparato, Sanders comenzó a adquirir una popularidad insospechada. El milagro se repetía de Estado en Estado al punto de comprometer a la candidata del establishment, Hillary Clinton. Más aún, elevado a categoría el efecto sorpresa, el desenlace final para Clinton auguraba el peor de los escenarios.

Sanders, acaso el mayor progresista conocido desde Roosevelt, era cualquier cosa menos un antisistema. Hombre de dilatada carrera política, ha ocupado entre otros, los cargos de alcalde, congresista o senador. Sanders es sólo un lector, un pensador, un curioso impertinente que diría Cervantes, apenas un marxista filosófico. Un socialdemócrata en definitiva, cuya práctica política en última instancia, difícilmente hubiera sido consentida por el poder. Ya no hará falta comprobarlo. Fueron las élites de su partido quienes se encargaron de terminar con la particular rebelión demócrata confirmando a Clinton. Como resultado, el desencanto y la victoria de Trump en Estados tradicionalmente demócratas donde Sanders había vencido a su rival. Se trata de eliminar cualquier atisbo de incertidumbre respecto al poder. Porque se puede, y por si acaso.

Sólo hay un elemento contingente que la necesidad no puede evitar, el azar. Una exótica especie no vista antes. Un macho alfa sin territorio definido, capaz de asaltar el poder desde arriba; no por defecto, sino por exceso. No un antisistema, sino un prosistema sin complejos; un epítome del sistema. Un exuberante pavo real que come alejado del resto de ejemplares y no depende de convenciones políticas. Xenófobo, ultraconservador, asilvestrado y teocón, Donald Trump dispone de un arsenal de ideas superficiales para cualquier asunto y sueña con saludar a las mujeres por la entrepierna, mucho gusto. Es el único sueño americano posible.