Pío Baroja / El árbol de la ciencia



¿Sigues en tus buceamientos?
—Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una hipótesis
racional de la formación del mundo; después, una explicación biológica del origen de la vida y del hombre.
—Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres una síntesis que complete la
cosmología y la biología; una explicación del Universo físico y moral. ¿No es eso?
—Sí.
—¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?
—Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.
—Mal camino —repuso Iturrioz—; lee a los ingleses; la ciencia en ellos va envuelta
en sentido práctico. No leas esos metafísicos alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta. ¿Conoces el “Leviathan” de Hobbes? Yo te lo prestaré si quieres.
—No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a Schopenhauer, esos filósofos
franceses e ingleses dan la impresión de carros pesados, que marchan chirriando y
levantando polvo.
—Sí, quizá sean menos ágiles de pensamiento que los alemanes; pero en cambio no te alejan de la vida.
—¿Y qué? —replicó Andrés—. Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber
qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz a donde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.
—Estás perdido —murmuró Iturrioz—. Ese intelectualismo no te puede llevar a
nada bueno.
—Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más grande que éste? La antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás de aquella magnificencia no había salas espléndidas, ni lugares de delicias, sino mazmorras oscuras. Ése es el mérito sobresaliente de Kant; él vio que todas las maravillas descritas por los filósofos eran fantasías, espejismos; vio que las galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.
—¡Vaya un mérito! —murmuró Iturrioz.
—Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más
trascendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.
—¿Y qué?
—¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene comienzo en el
tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y
efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho
Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.
—Quiere decir que tú aceptas la posibilidad de la mentira inicial.
—La ciencia es la única construcción fuerte de la humanidad. Contra ese bloque científico del determinismo, afirmado ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto? Religiones, morales, utopías; hoy todas esas pequeñas supercherías del pragmatismo y de las ideas-fuerzas..., y sin embargo, el bloque continúa inconmovible, y la ciencia no sólo arrolla estos obstáculos, sino que los aprovecha para perfeccionarse.
—Sí —contestó Iturrioz—; la ciencia arrolla esos obstáculos y arrolla también al
hombre.
—Eso en parte es verdad —murmuró Andrés, paseando por la azotea.




II

—Ya la ciencia para vosotros —dijo Iturrioz— no es una institución con un fin
humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.
—Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana
—replicó Andrés.
—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas
alguna vez?
—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
—¿En qué?
—En el concepto del mundo.
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el
fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan
fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
—¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles,
el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era
inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
—No recuerdo; la verdad.
—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín;
pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?
—Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco —repuso Andrés.
—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—.
¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de
conciencia podía comprometer la vida!
—Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.
—Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?
—En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido el gran destructor
de la mentira greco-semítica. Él se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fue apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un camino estrecho y penoso: la Ciencia. Detrás de él, sin tener quizá su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte, Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad, responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer, más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida aparece como una cosa oscura y ciega, potente y jugosa sin justicia, sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza “x”, que él llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos dos principios vida y verdad, voluntad e inteligencia.



III

—En qué laberinto nos vamos metiendo —murmuró Iturrioz.
—Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de vista.
—En parte, estamos conformes.
Tú quieres, partiendo de la relatividad de todo, darle un valor absoluto a las
relaciones entre las cosas.
—Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los trescientos sesenta
grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones obtenidas con el metro o con el arco, exactas.
—No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos en todo lo
que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la verdad.
¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por delante de nosotros?
¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o un mendigo? ¿Es un joven
admirablemente formado o un viejo enclenque y lleno de úlceras? La verdad es una
brújula loca que no funciona en este caos de cosas desconocidas.
—Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va
adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de
reconocerlo..., y esperar.
—¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a
saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.
—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?
—Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y de las
ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme a donde todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?
—Sí.
—¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?
—Lo encuentro peligroso —dijo Andrés—. Esta idea de la utilidad, que al principio
parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a
entronizar todos los prejuicios.
—Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más
bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.
—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en
ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier sistema político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.
—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es absurdo, porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han
demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?
—No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la práctica.
Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre albedrío, la responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo todo, las mayores extravagancias de las religiones.
—No, no aceptaríamos más que lo útil.
—Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero —replicó
Andrés—. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad, es útil; para un
irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro irreligioso puede ser falsa e inútil.
—Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la
utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto de dos o tres metros, quizá lo dé también.
—Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no lo dará usted
por mucha fe que tenga.
—Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio de acción de lo
posible.Luego la fe es útil, biológica; luego hay que conservarla.
—No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de nuestra fuerza. Ésa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra fe conviene destruirla; dejarla es un peligro; tras de esa puerta que abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.
—En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad, la vida
languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién decía: La legalidad nos mata; como él podemos decir: La razón y la ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al otro el árbol de la vida.
—Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico manzanillo, que
mata a quien se acoge a su sombra —dijo Andrés burlonamente.
—Sí, ríete.
—No, no me río.



IV

—No sé, no sé —murmuró Iturrioz—. Creo que vuestro intelectualismo no os
llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué  descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un mundo nuevo mejor que el actual?
 —Sí, yo creo que sí.
—Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del hombre, y el
egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida. ¿Es que supones que el
hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de ayer? Pues te engañas.
¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras y conejos cazaría hombres si
pudiera. Así como se sujeta a los patos y se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros, civilizados, hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza, como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la Humanidad. ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?
—No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.
—Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás diciéndole:
Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer se le dijera: Si nos unimos, quizá vivamos de una manera soportable. No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso; esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora.
Los semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el principio del
hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas, que no son más que unos neocristianos; es decir, neosemitas; ponen su paraíso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas épocas los conductores de hombres son prometedores de paraísos.
—Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos
que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores no nos ha quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.

V

—Sí, nos ha quitado terrores —exclamó Iturrioz—; pero nos ha quitado también
vida. ¡Sí, es la claridad la que hace la vida actual completamente vulgar! Suprimir los
problemas es muy cómodo; pero luego no queda nada. Hoy, un chico lee una novela del año treinta, y las desesperaciones de Larra y de Espronceda, y se ríe; tiene la evidencia de que no hay misterios.
La vida se ha hecho clara; el valor del dinero aumenta; el burguesismo crece con la
democracia. Ya es imposible encontrar rincones poéticos al final de un pasadizo tortuoso; ya no hay sorpresas.
—Usted es un romántico.
—Y tú también. Pero yo soy un romántico práctico. Yo creo que hay que afirmar el
conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta convertirlo en una cosa viva.
Creo que hay que vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas y hasta
aprovechándose de ellas.
—Eso me parece lo mismo que si un diabético aprovechara el azúcar de su cuerpo
para endulzar su taza de café.
—Caricaturizas mi idea, pero no importa.
—El otro día leí en un libro —añadió Andrés burlonamente— que un viajero cuenta
que en un remoto país los naturales le aseguraron que ellos no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted cree que hay que afirmar las ideas hasta que uno se vea las plumas y la cola? —Sí; creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que aunque sea una mentira salida de nosotros mismos parezca una verdad llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía, ¿sabes lo que haría!
—¿Qué?
—Una milicia como la que inventó Loyola, con un carácter puramente humano: La
Compañía del Hombre.
—Aparece el vasco en usted.
—Quizá.
—¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?
—Esta compañía tendría la misión de enseñar el valor, la serenidad, el reposo; de
arrancar toda tendencia a la humildad, a la renunciación, a la tristeza, al engaño, a la
rapacidad, al sentimentalismo...
—La escuela de los hidalgos.
—Eso es, la escuela de los hidalgos.
—De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada de semitismo.
—Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es decir, de espíritu cristiano, me
parecería un tipo completo.
—Cuando funde usted esa compañía, acuérdese usted de mí. Escríbame usted al
pueblo.
—¿Pero de veras te piensas marchar?
—Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a marchar.
—¿Pronto?
—Sí, muy pronto.
—Ya me tendrás al corriente de tu experiencia. Te encuentro mal armado para esa
prueba.
—Usted no ha fundado todavía su compañía...
—Ah, sería utilísima. Ya lo creo.
Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a hacerse de noche.
Las golondrinas trazaban círculos en el aire, chillando. Venus había salido en el
poniente, de color anaranjado, y poco después brillaba Júpiter con su luz azulada. En las casas comenzaban a iluminarse las ventanas. Filas de faroles iban encendiéndose, formando dos líneas paralelas en la carretera de Extremadura. De las plantas de la azotea, de los tiestos de sándalo y de menta llegaban ráfagas perfumadas.





Extracto del capitulo IV perteneciente a "El árbol de la ciencia".

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